Santos Abdón y Senén: Príncipes Mártires del Oriente, Testigos de Fe y Esperanza

Historia

Los Santos Abdón y Senén, venerados el 30 de julio, fueron dos mártires cristianos que dieron la vida por Jesucristo hacia el año 250, en tiempos del emperador Decio. La tradición más difundida afirma que eran príncipes persas, ilustres por su linaje y riquezas, aunque algunos historiadores sugieren que podrían haber sido simples obreros prisioneros. Lo cierto es que, fueran nobles o humildes, su origen oriental y su fe ardiente los convirtieron en grandes testigos del Evangelio.

Tras la campaña de Gordiano III contra Persia, fueron llevados cautivos a Roma. Aunque gozaron de cierta libertad, la noticia de que habían dado sepultura a cristianos martirizados en Babilonia llegó al general Decio. Al ser interrogados, proclamaron con valentía que su única obediencia era a Jesucristo: “Solo nos rendimos a nuestro Señor Jesucristo, humillado por amor a los hombres”.

En Roma, ante la asamblea y el emperador Decio, se les ofreció renunciar a la fe a cambio de riquezas y honores. Ellos respondieron: “Ya nos hemos ofrecido a Dios en holocausto sempiterno”. Irritado, Decio ordenó que fuesen encarcelados y luego llevados al circo, donde se esperaba que las fieras acabaran con ellos.

Pero ocurrió un hecho sorprendente: las bestias salvajes se amansaron a sus pies, rodeándolos como si fueran mansos corderos. El pueblo, desconcertado, gritó que aquello era magia, y los gladiadores tuvieron que acabar con ellos a espada. Así, recibieron la corona del martirio, confesando con serenidad y alegría al Señor que les abría las puertas del cielo.

Sus cuerpos fueron arrastrados fuera del anfiteatro y abandonados junto a la estatua del dios Sol. Tres días después, un subdiácono llamado Quirino, a riesgo de su vida, recogió sus restos y los enterró en el cementerio de Ponciano. Allí pronto comenzaron a ser venerados, y desde el siglo IV sus nombres figuran en el martirologio romano.

Medio siglo más tarde, bajo el emperador Constantino, se erigió un cubículo sepulcral decorado con pinturas que representaban su glorificación. En el siglo VII se construyó una basílica en su honor, pero las guerras la dejaron en ruinas. El papa Gregorio IV trasladó sus reliquias a la iglesia de San Marcos en Roma en el año 826.

En el siglo X, el abad Arnulfo llevó parte de sus reliquias al monasterio de Arles-sur-Tech (Francia). Durante el viaje, se obraron milagros sorprendentes: liberaciones de posesos, una tempestad calmada por la aparición de dos jóvenes luminosos, y la curación de ciegos con el vino que acompañaba las reliquias. En Arles, su presencia fue vista como una bendición, pues las calamidades cesaron y surgió la devoción a la Santa Tumba, de la cual brota un agua misteriosa que aún hoy es considerada signo de la intercesión de los santos mártires.

Ellos fueron nobles por el mundo, pero se hicieron más nobles aún por el martirio. Su ejemplo enseña que no hay mayor dignidad que dar la vida por Cristo, y que la fidelidad en tiempos de persecución es semilla de esperanza para toda la Iglesia.

Lecciones

1. Valentía hasta la sangre:

Abdón y Senén nos recuerdan que la fe verdadera se prueba en la adversidad. Ellos no cedieron ante amenazas ni promesas, sino que se mantuvieron firmes hasta el martirio.

2. La caridad que entierra a los mártires:

Su gesto de dar sepultura a cristianos perseguidos enseña que la caridad no teme a la persecución y que cada obra de misericordia es semilla de santidad.

3. Dios manifiesta su poder en los débiles:

Las fieras que se amansaron ante ellos fueron un signo de que la fuerza de Dios vence el furor del mundo y sostiene a quienes confían plenamente en Él.

4. Reliquias que traen vida y esperanza:

La historia de sus reliquias y la Santa Tumba muestra que Dios sigue bendiciendo a su pueblo por medio de sus santos, recordándonos que la comunión con ellos es fuente de consuelo y milagros.

“Santos Abdón y Senén, príncipes del oriente y mártires de Cristo: enseñadnos a vivir sin miedo, a dar la vida por el Evangelio, y a confiar en que la gloria de Dios vence siempre al poder del mundo.”

Fuentes: FSSPX, Wikipedia,

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