
Historia
Nacido en el año 673 en una humilde aldea cercana a Yarrow, Beda quedó huérfano a muy temprana edad, siendo presentado por sus allegados al santo abad Benito Biscop cuando apenas contaba con siete años. Fue admitido en la Abadía Benedictina de San Pedro, en Wearmouth, formando parte de aquellos niños que la piedad de la época ofrecía a los monasterios para ser instruidos en las letras y descubrir su verdadera vocación. Desde sus primeros pasos en el claustro, el pequeño Beda, cuyo nombre en lengua anglosajona significa significativamente “oración”, se convirtió en un dechado de virtudes y en un ejemplo constante para todos sus compañeros de hábito.
La vida del joven monje estuvo marcada desde el principio por la dura disciplina y las pruebas de la Providencia, como cuando una terrible peste asoló la nueva fundación de Yarrow, acabando en pocos días con dieciocho monjes. Quedaron solos para el cumplimiento del oficio divino el abad Ceolfrido y el joven Beda, quienes, con el corazón partido por el dolor, continuaron entonando la salmodia sagrada sin interrumpirla una sola semana. Fue en ese ambiente de fidelidad donde Beda se apasionó por las melodías gregorianas y la majestad de la liturgia romana, disciplinas introducidas en aquellas tierras por Juan, el chantre del Vaticano y legado apostólico.
Con un ingenio claro y despierto, Beda se consagró con igual ardor al estudio de las ciencias profanas y de las Sagradas Escrituras, las cuales llegó a aprender de memoria gracias a las lecciones de su maestro, el monje Tumberto. A la temprana edad de diecinueve años ya había recorrido todo el ciclo de la ciencia de su época, siendo ordenado diácono por una honrosa excepción canónica y, posteriormente, sacerdote a los treinta años por manos de San Juan de Beverly. Desde el día de su ordenación sacerdotal hasta el momento de su tránsito, Beda no dejó pasar un solo día sin ofrecer a Dios el Santo Sacrificio de la Misa conventual.
Pronto, el aventajado discípulo se transformó en un maestro insigne para los seiscientos monjes de las comunidades de Yarrow y Wearmouth, atrayendo además a multitudes de estudiantes de todos los rincones de Inglaterra. Su caridad pastoral le llevaba a hacerse todo para todos, distribuyendo con paciencia la doctrina más sencilla a los principiantes y el pan sustancioso de la alta ciencia a las inteligencias más claras. Su magisterio traspasó las fronteras de la isla, extendiendo su eco constructivo hacia Alemania por medio de San Bonifacio, y hacia Francia a través de Alcuino en la corte de Carlomagno.
A lo largo de su prolífica existencia, Beda dio cima a una colosal enciclopedia de cuarenta y cinco obras que abarcaban desde la ortografía y las ciencias exactas hasta elevados tratados de exégesis patrística e historia eclesiástica. Es el indiscutible “Padre de la historia inglesa” gracias a su obra magna escrita a instancias del piadoso rey Ceolwulfo, donde demostró con rigor erudito que la conversión de su patria fue obra exclusiva de los Romanos Pontífices. En sus escritos teológicos defendió con firmeza la doctrina tradicional de la Iglesia, adelantándose siglos a los errores del protestantismo al argumentar a favor del culto a las imágenes, la invocación de los santos y la oración por los difuntos.
A pesar de su inmensa erudición y de gozar del título de “Venerable” ya en vida por el perfume de sus virtudes, Beda jamás se envileció con el aplauso de los hombres, sino que conservó una profunda humildad. Sufrió con paciencia la contradicción de espíritus mezquinos que llegaron a tildarle injustamente de hereje por sus estudios cronológicos, defendiéndose con una digna apología escrita. En sus cartas, que revelan un corazón desbordante de afecto y ternura celestial, suplicaba constantemente a sus amigos y discípulos que ofrecieran oraciones por su alma, temeroso siempre del juicio divino.
Los últimos días del santo maestro, acontecidos en la primavera del año 735, fueron recogidos con conmovedora fidelidad por las lágrimas de su discípulo Huberto. Afectado por una grave dificultad para respirar, Beda pasó sus últimas dos semanas con una jovialidad admirable, dictando lecciones de día y pasando las noches en vela cantando salmos y acciones de gracias con los brazos en cruz. Consciente de su final, mandó llamar a los sacerdotes del monasterio para pedirles que rogaran por él, mientras continuaba apresuradamente la traducción al idioma anglosajón del Evangelio según San Juan para que sus alumnos no leyeran falsedades.
El miércoles 25 de mayo, vigilia de la Ascensión, habiendo recibido la Extremaunción y el Santo Viático, el discípulo le advirtió que restaba un último versículo por escribir. “Escríbelo pronto”, replicó el maestro; y al confirmarle el joven que la tarea estaba acabada, Beda exclamó con alegría: “Verdad dices, acabado está”. Pidió entonces que colocaran su cabeza en el suelo de la celda, mirando hacia el santuario donde tanto había rezado, y con sus últimas fuerzas entonó el Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, durmiéndose plácidamente en el Señor al terminar la doxología.
Lecciones
1. La Primacía de la Oración sobre la Ciencia: San Beda el Venerable nos enseña que el estudio de las ciencias sagradas y profanas debe estar siempre subordinado a la oración y enderezado a la gloria de Dios, pues el conocimiento sin piedad infla el orgullo, mientras que la ciencia unida a la virtud edifica el alma.
2. La Fidelidad en el Oficio Divino ante la Adversidad: Su perseverancia en el canto de la salmodia junto al abad Ceolfrido en medio del desierto de la peste demuestra que la alabanza litúrgica de la Iglesia es un deber sagrado que no debe interrumpirse ni siquiera en los momentos de mayor dolor humano.
3. El Deber de Instruir con Caridad y Sencillez: El ejemplo del santo como pedagogo nos instruye en la obligación de compartir los tesoros de la fe con el prójimo, adaptando la enseñanza con paciencia para dar la doctrina a los pequeños y el alimento sólido de la verdad a los avanzados.
4. La Preparación Santa para la Hora de la Muerte: Sus últimos momentos nos enseñan a esperar el tránsito eterno con los Sacramentos de la Iglesia, trabajando con alegría en el cumplimiento del deber hasta el suspiro final y manteniendo el corazón fijo en la alabanza a la Santísima Trinidad.
“San Beda el Venerable enseña que la verdadera sabiduría consiste en consagrar toda la inteligencia y el estudio al servicio de Dios, uniendo el conocimiento a una humilde piedad.”
