Evangelio San Juan 15, 12-16

San Juan 15, 12-16:

« “Mi mandamiento es que os améis unos a otros, como Yo os he amado. Nadie puede tener amor más grande que dar la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis esto que os mando . Ya no os llamo más siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, sino que os he llamado amigos, porque todo lo que aprendí de mi Padre, os lo he dado a conocer . Vosotros no me escogisteis a Mí; pero Yo os escogí, y os he designado para que vayáis, y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que el Padre os dé todo lo que le pidáis en mi nombre”.»

Mensaje

En el ambiente íntimo y sagrado del Cenáculo, en las vísperas de su dolorosa Pasión, Nuestro Señor Jesucristo entrega a sus Apóstoles su testamento más sublime, el mandato de la caridad. El Divino Maestro, conociendo la profunda debilidad de la naturaleza humana y cómo el corazón del hombre tiende a confundir el amor con el egoísmo o con la mera simpatía natural, eleva nuestra mirada hacia una medida enteramente divina. Cristo corrige aquí la ilusión de quienes pretenden contentarse con una piedad puramente individual y estéril, o de aquellos que rebajan la caridad a un sentimentalismo mundano, enseñándonos con paternal firmeza que el verdadero amor cristiano no es un sentimiento pasajero, sino un acto de la voluntad transformado por la gracia sobrenatural.

El núcleo exegético y espiritual de este mandato se encuentra en la medida misma que el Salvador establece: amar como Él nos ha amado, es decir, hasta la efusión de la sangre en el altar de la Cruz. La verdadera caridad católica es esencialmente sacrificial; exige la crucifixión de nuestro propio orgullo, de nuestros caprichos y de nuestras comodidades en favor del bien espiritual y eterno de las almas. No estamos ante una amistad secular nacida de la conveniencia o de los placeres de la carne, sino ante un afecto santo y ordenado que busca, por encima de todo, apartar al prójimo del pecado mortal y conducirlo a la salvación, estando dispuestos a sufrir la incomprensión y el desprecio con tal de arrancar una sola alma de las garras del demonio.

La doctrina que se deriva de estas palabras del Señor fundamenta la condición indispensable para gozar de la intimidad divina: la perfecta sumisión a su santa ley. Cristo desenmascara con severidad la hipocresía de aquellos que dicen amar a Dios de labios para afuera, o que presumen de una falsa seguridad de salvación, mientras arrastran sus vidas en el fango de la desobediencia y del pecado mortal. El Salvador es explícito al declarar que somos sus amigos únicamente si hacemos lo que Él nos manda; por tanto, el pecado de la rebeldía destruye de inmediato este vínculo sagrado, despojando al alma de la gracia santificante y convirtiéndola en esclava de Satanás, mientras que la virtud de la santa obediencia sujeta la inteligencia y la voluntad a los mandamientos divinos.

Para humillar nuestro orgullo pelagiano, que siempre resurge en el espíritu moderno, el Maestro nos recuerda la absoluta gratuidad de nuestra vocación al decirnos que nosotros no lo elegimos a Él, sino que Él nos eligió a nosotros de entre la miseria del mundo. Esta elección divina, lejos de ser un motivo de vanagloria, es una responsabilidad tremenda que debe hacernos temblar; hemos sido injertados en la Iglesia tradicional para producir frutos de santidad que permanezcan estables ante el rigor del juicio divino. El demonio busca convencernos de que basta con llevar una vida mediocre e infructuosa, adormeciéndonos con los respetos humanos y el confort material, pero la palabra de Dios nos advierte que el alma elegida que permanece estéril traiciona su altísima vocación y se encamina a la perdición.

Para sostener este amor sacrificado y perseverar en los frutos de la gracia, los fieles deben acudir sin descanso a la fuente inagotable del Amor, que es el Santo Sacrificio de la Misa. En el altar se renueva mística y verdaderamente el mismo sacrificio del Calvario, donde Cristo entregó su vida por sus amigos; es de la Sagrada Eucaristía de donde las almas reciben el vigor divino para perdonar las injurias y vencer los impulsos de la carne. Si por desgracia has perdido la amistad divina a causa del pecado mortal, rompiendo el mandato de la gracia, no te dejes arrastrar por la desesperación; corre con presteza al tribunal de la Confesión, donde la absolución del sacerdote restaurará tu dignidad de amigo y te revestirá de nuevo con las vestiduras de la salvación.

Consideremos con santa gravedad que el tiempo de la siembra es breve y que la eternidad nos aguarda a la vuelta del camino. Una vida consumida en el egoísmo, cerrada a las exigencias de la ley divina y sorda al dolor de las almas, conduce de manera directa al castigo eterno del Infierno, donde no hay amistad ni consuelo posible. Por el contrario, el Cielo se abrirá majestuoso para acoger en el banquete eterno a los siervos fieles que guardaron los mandamientos y dieron su vida por amor a Dios. Sacudamos hoy mismo toda tibieza espiritual, recurramos al amparo maternal de la Santísima Virgen María, Madre del Amor Hermoso, y tomemos la firme resolución de vivir en estado de gracia hasta nuestro último aliento.

“Si pretendes ser amigo de Cristo mientras desobedeces sus 10 mandamientos, te conviertes en un traidor que camina directo al infierno.”

Invitación para hoy

  • 1. Perdón sobrenatural: Ofrece hoy un perdón sincero y reza una oración por aquella persona que te ha ofendido o te resulta difícil de tratar, imitando el amor sacrificado de Cristo en la Cruz.
  • 2. Sacrificio oculto por el prójimo: Realiza hoy un acto concreto de caridad o ayuda material a alguien que lo necesite, haciéndolo en secreto y puramente por amor a Dios, sin buscar el reconocimiento de los hombres.
  • 3. Sometimiento de la voluntad: Ante un mandamiento de la Iglesia o de Dios que te cueste cumplir, somete hoy tu juicio con humildad y repite en tu interior: “Señor, ayudame a cumplir tu ley por que quiero ser tu amigo”.
  • 4. Súplica en nombre de Jesús: Dedica un momento de tu oración para pedir al Padre Celestial, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, la gracia de la perseverancia final y la conversión de los pecadores de tu familia.

Con cariño y bendición,

El equipo de Confesión Perfecta
“El Sacramento que cambiará tu Vida y salvará tu Alma”

Fuentes:

  1. Misal Diario Católico Apostólico Romano (1962) – FSSPX
  2. La Sagrada Escritura de Monseñor Juan Straubinger).
  3. La Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino.
  4. El Tesoro – Comentarios de la Sagrada Escritura del Padre Cornelio a Lapide.
  5. El Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranger.
  6. Meditaciones para todos los días del Año Litúrgico del Padre Denys Mézard.
  7. Catecismo Mayor de San Pío X.
  8. Catecismo Romano, Concilio de Trento

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