Evangelio San Lucas 16, 1-9

San Lucas 16, 1-9:

« “Había un hombre rico, que tenía un mayordomo. Este le fue denunciado como que dilapidaba sus bienes. Lo hizo venir y le dijo: “¿Qué es eso que oigo de ti? Da cuenta de tu administración, porque ya no puedes ser mayordomo”. Entonces el mayordomo se dijo dentro de sí mismo: “¿Qué voy a hacer, puesto que mi amo me quita la mayordomía? De cavar no soy capaz; mendigar me da vergüenza. Yo sé lo que voy a hacer, para que, cuando sea destituido de la mayordomía, me reciban en sus casas”. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?” Y él contestó: “Cien barriles de aceite”. Le dijo: “Aquí tienes tu vale; siéntate en seguida y escribe cincuenta”. Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Éste le dijo: “Cien medidas de trigo”. Le dijo: “Aquí tienes tu vale, escribe ochenta”. Y alabó el señor al inicuo mayordomo, porque había obrado sagazmente. Es que los hijos del siglo, en sus relaciones con los de su especie, son más listos que los hijos de la luz. Por lo cual Yo os digo, granjeaos amigos por medio de la inicua riqueza para que, cuando ella falte, os reciban en las moradas eternas”.»

Mensaje

En esta parábola de profunda gravedad, Nuestro Señor Jesucristo se dirige a sus discípulos para sacudirlos de la ceguera espiritual ante la inminencia del juicio particular. El Divino Maestro corrige la desastrosa ilusión de quienes viven en este mundo como si fueran dueños absolutos de sus vidas y de sus bienes. Cristo nos recuerda con firmeza que todo cuanto poseemos es un préstamo divino y que llegará un día ineludible en el que se nos exigirá rendir cuentas de nuestra administración.

En el sentido espiritual, Dios es el hombre rico y el mayordomo representa a cada alma bautizada, a quien se le ha confiado el cuidado del tiempo, las facultades corporales y el tesoro inestimable de la gracia santificante. Al alabar la previsión del administrador infiel, Nuestro Señor denuncia con santa indignación cómo los hijos del siglo emplean más astucia y sacrificio para asegurar su bienestar terrenal que los católicos para salvar sus almas del Infierno.

La doctrina central de este pasaje radica en la realidad del Juicio Divino y en la obligación de ordenar lo temporal hacia la eternidad. El Salvador condena el pecado de malversar los dones divinos mediante la vanidad, los placeres de la carne y el lujo egoísta. Frente a este desarreglo que ofende la soberanía del Creador, se nos exige la virtud de la prudencia cristiana y el desapego evangélico, administrando cada recurso con la mirada puesta en el Cielo.

Esta advertencia es de una urgencia tremenda hoy en día, cuando el espíritu del naturalismo y del materialismo ciega a los bautizados. El demonio convence a los hombres de que el éxito consiste en acumular riquezas, arrastrándolos a una espantosa bancarrota espiritual. Se calcula con precisión el futuro económico pero se muestra una apatía aterradora ante el pecado mortal, descuidando el Santo Sacrificio de la Misa y caminando hacia la condenación eterna.

Esta sagrada advertencia debe resonar con fuerza en el corazón de cada hogar católico, donde las obligaciones de estado exigen una administración fiel. Los padres de familia no deben olvidar que son los mayordomos de las almas de sus hijos, y que Dios les pedirá cuentas estrictas de cómo custodiaron su inocencia, si los alejaron de las malas compañías y si les enseñaron la fe tradicional sin rebajas. Los esposos deben administrar la economía familiar con templanza cristiana, desterrando el espíritu de consumo y el egoísmo que ahogan la caridad. Toda la vida familiar debe estar ordenada bajo la premisa de que los bienes materiales son herramientas pasajeras para alcanzar el Cielo, y no ídolos a los que se sacrifique la paz del alma.

Nada nos llevaremos a la tumba excepto las obras buenas realizadas en estado de gracia santificante. Entreguémonos desde hoy a una conversión radical bajo el amparo de la Santísima Virgen María, para ser hallados dignos del Cielo.

Si usas los bienes que Dios te dio para servir al mundo, te quedarás con las manos vacías ante el Justo Juez y terminarás en el Infierno.”

Invitación para hoy

  • 1. Limosna reparadora: Entrega una ayuda económica o material significativa a los pobres o al sostenimiento de la Iglesia, desprendiéndote de algo propio para ganar tesoros en el Cielo.
  • 2. Auditoría del tiempo: Haz un alto para examinar en qué gastas tus horas y tus talentos, recortando el tiempo dedicado a las redes sociales y vanidades mundanas para consagrarlo a la oración familiar (siempre debe ser mayor el tiempo a Dios)
  • 3. Saldar deudas espirituales: Si tienes guardado algún rencor o enemistad, resuélvelo hoy mismo mediante el perdón y la reparación de los pecados, antes de que llegue la hora inesperada de tu juicio.
  • 4. Ofrecimiento de bienes: Arrodíllate hoy ante un crucifijo y consagra tu casa, tu trabajo, tu familia y tus posesiones a Nuestro Señor, reconociendo que eres solo un administrador y prometiendo usarlos según los 10 Mandamientos.

Con cariño y bendición,

El equipo de Confesión Perfecta
“El Sacramento que cambiará tu Vida y salvará tu Alma”

Fuentes:

  1. Misal Diario Católico Apostólico Romano (1962) – FSSPX
  2. La Sagrada Escritura de Monseñor Juan Straubinger).
  3. La Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino.
  4. El Tesoro – Comentarios de la Sagrada Escritura del Padre Cornelio a Lapide.
  5. El Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranger.
  6. Meditaciones para todos los días del Año Litúrgico del Padre Denys Mézard.
  7. Catecismo Mayor de San Pío X.
  8. Catecismo Romano, Concilio de Trento

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